Falacias

Falacias

̣Adrián Báez - - ̣Tiempo de lectura: 12min

Trampas lógicas del pensamiento

El pensamiento es una herramienta poderosa, pero también un espacio donde distintos sistemas —internos y sociales— interactúan y compiten por orientar nuestra atención. Para ahorrar tiempo y energía, nuestra mente simplifica; y en esa simplificación emergen patrones que parecen razonables aunque no siempre lo sean. A esos patrones los filósofos llamaron falacias: formas de argumentar que suenan válidas, pero cuyo fundamento es débil.

Sin embargo, las falacias no surgen solo de nuestras limitaciones cognitivas. Desde los sofistas de la Grecia clásica hasta la comunicación pública actual, también se han utilizado como recursos retóricos para persuadir, moldear creencias o dirigir decisiones. En contextos de urgencia, esta eficiencia puede resultar funcional, aunque tenga un coste en profundidad y claridad.

Miradas desde una perspectiva sistémica, las falacias revelan tanto cómo opera nuestra mente bajo presión como cómo otros sistemas aprovechan esas mismas dinámicas para influir en conversaciones y percepciones. Y en el tiempo muestran un patrón constante: cuanto mayor es la velocidad y menor el margen de reflexión, más terreno ganan estos atajos argumentativos.

Comprenderlas no implica desconfiar de todo, sino observar con más claridad los procesos que influyen en nuestra forma de pensar y dialogar.

¿Qué son las falacias lógicas?

Las falacias son estructuras argumentativas que no son válidas desde un punto de vista lógico, aunque puedan resultar persuasivas o convincentes. Pueden surgir de forma espontánea cuando simplificamos la información para decidir rápido, pero también pueden emplearse de manera intencional como herramientas de influencia.

Es importante distinguir dos planos:

  • Validez lógica: si un argumento se sostiene por sí mismo.
  • Utilidad contextual: si un atajo resulta práctico bajo ciertas condiciones.

Que una falacia funcione en un contexto no la vuelve válida como argumento; la vuelve comprensible como heurística cuando el tiempo, la información o la capacidad de análisis son limitados.

A diferencia de los sesgos cognitivos —tendencias internas del pensamiento— las falacias se manifiestan como errores en la estructura del razonamiento, independientemente de la intención de quien las utiliza.

Una mirada sistémica: ¿por qué emergen?

Las falacias no son fallos aislados, sino respuestas adaptativas de sistemas humanos que operan con recursos finitos. Surgen donde se cruzan:

  • limitaciones cognitivas,
  • presión temporal,
  • dinámicas emocionales,
  • incentivos sociales y comunicativos.

En debates, medios y redes, los mensajes breves, identitarios o emocionales circulan mejor que los matizados. Otros sistemas —personas, grupos, instituciones— pueden usar falacias como recursos retóricos eficientes para captar atención o coordinar rápidamente una posición.

Cuando estos atajos se repiten, se normalizan. El sistema deja de verlos como excepciones y comienza a reproducirlos por inercia, incluso sin intención explícita.

Falacias comunes

  1. Ad hominem – Se ataca a la persona en lugar del argumento.
    Ejemplo: En una reunión de trabajo, alguien cuestiona un proceso y otro responde:
    “Tú siempre exageras, así que no hace falta tomar en serio lo que dices.”
    El sistema evita discutir el contenido y desplaza la conversación hacia la identidad del hablante.

  2. Falso dilema – Se reducen múltiples posibilidades a solo dos.
    Ejemplo: En un debate alguien afirma:
    “O estás conmigo o estás contra mí.”
    La complejidad de posiciones intermedias desaparece, facilitando una decisión rápida a costa de profundidad.

  3. Pendiente resbaladiza – Se asume que un pequeño cambio llevará inevitablemente a consecuencias extremas.
    Ejemplo: En una empresa, alguien propone flexibilizar un proceso y otro responde:
    “Si permitimos eso, pronto nadie seguirá las normas.”
    Se proyecta un futuro alarmante sin analizar los pasos intermedios.

  4. Apelación a la autoridad – Algo se considera verdadero solo por quién lo dice.
    Ejemplo: “Es correcto porque lo dijo el doctor.”
    Confiar en un profesional puede ser razonable en situaciones de urgencia o alta especialización, pero esa confianza práctica no convierte el argumento en lógicamente válido.

  5. Apelación a la ignorancia – Se afirma algo como cierto porque no se ha demostrado lo contrario.
    Ejemplo: “Nadie ha probado que este producto sea peligroso, así que debe ser seguro.”
    La ausencia de evidencia se usa como si fuera evidencia positiva.

  6. Generalización apresurada – Se sacan conclusiones amplias a partir de pocos casos.
    Ejemplo: Tras una mala experiencia con un profesional, alguien concluye:
    “Todos los de esa profesión son iguales.”

  7. Post hoc – Se confunde sucesión temporal con causalidad.
    Ejemplo: “Desde que cambiaron de gerente, las ventas bajaron; seguro es culpa suya.”
    El sistema atribuye causalidad sin considerar otras variables.

  8. Petición de principio – La conclusión repite lo que ya se presupone.
    Ejemplo: “Este método funciona porque es muy efectivo.”
    El argumento no aporta información nueva.

  9. Hombre de paja – Se distorsiona la postura del otro para refutarla con facilidad.
    Ejemplo: Alguien propone reducir horas en ciertos periodos para mejorar el foco y otro responde:
    “Entonces quieres que dejemos de trabajar.”
    Se exagera la propuesta para evitar discutirla.

  10. Apelación a la emoción – Se sustituye el razonamiento por impacto emocional.
    Ejemplo: En una campaña se utiliza miedo o culpa para provocar adhesión sin presentar argumentos claros.
    La emoción dirige la decisión más que el análisis.

Perspectiva temporal: el efecto acumulativo

Una falacia aislada rara vez tiene gran impacto. Su efecto aparece cuando se repite y se normaliza. Lo familiar empieza a parecer verdadero, y el sistema automatiza formas de pensar que reducen la complejidad.

En el corto plazo, estos atajos ahorran tiempo y energía. En el largo plazo, estrechan el diálogo, refuerzan la polarización y dificultan la adaptación a información nueva.

No son eventos puntuales, sino trayectorias que se consolidan.

¿Pueden ser útiles?

En ciertos contextos —urgencia, riesgo, alta incertidumbre— las falacias pueden funcionar como atajos operativos. Permiten coordinar acciones o decidir sin un análisis completo.

Esa utilidad es contextual y temporal.
Cuando el atajo se convierte en criterio permanente, el sistema pierde capacidad de revisión y ajuste.

La cuestión no es si aparecen, sino cuándo, por qué y a qué coste.

Reflexión final

Las falacias no son simples errores, sino expresiones de cómo los sistemas humanos intentan orientarse en la complejidad. A veces aportan rapidez; otras, distorsión. Usadas puntualmente, pueden facilitar la acción. Sostenidas en el tiempo, empobrecen la comprensión.

Observarlas no es un acto de desconfianza, sino de lucidez.

Algunas preguntas para seguir explorando:

  • ¿En qué contextos acepto atajos por urgencia y en cuáles por inercia?
  • ¿Cuándo confundo confianza práctica con verdad argumental?
  • ¿Qué conversaciones ganarían profundidad si dejara espacio para la complejidad?

Más que eliminar falacias, se trata de elegir conscientemente qué tipo de sistema queremos alimentar con cada argumento y cada diálogo.