Los sistemas no fallan

Los sistemas no fallan

̣Adrián Báez - - ̣Tiempo de lectura: 16min

Cuando lo que un sistema produce no encaja con lo que esperamos, no hay fallo: hay una señal. Una invitación a observar, comprender y compartir miradas en sistemas complejos.

Solemos decir que algo “no funciona” cuando una aplicación se cae, una ciudad se vuelve inhabitable, una relación se desgasta o el cuerpo enferma. El lenguaje aparece rápido: fallo, error, mal funcionamiento.

Nombrar así lo que ocurre parece natural, casi inevitable. Pero ese gesto no solo describe una situación: introduce una forma de mirar. Al llamar “fallo” a lo que sucede, dejamos de atender a lo que el sistema está señalando y desplazamos la atención hacia la corrección inmediata, la culpa o el descarte.

Sin embargo, rara vez nos detenemos a preguntar qué significa realmente que un sistema falle.
Desde una mirada propia del pensamiento sistémico, los sistemas —especialmente los sistemas complejos— no actúan por capricho ni se desvían de su naturaleza: hacen exactamente lo que su estructura les permite hacer.

Cuando el resultado no coincide con lo que esperábamos, hablamos de fallo. Pero ese juicio no describe lo que el sistema es, sino la distancia entre lo que produce y lo que deseábamos que produjera.

Este artículo propone cambiar el foco. No para negar los problemas, sino para comprenderlos mejor. Observar qué produce un sistema, por qué lo hace y desde dónde lo juzgamos abre un espacio más fértil que el simple diagnóstico de que “algo va mal”.

¿Por qué sentimos que los sistemas funcionan mal?

La sensación de mal funcionamiento suele aparecer cuando el sistema deja de servir a un propósito que damos por supuesto.
El problema no es solo el resultado, sino la expectativa implícita que rara vez explicitamos.

Decir que un sistema falla suele cerrar la pregunta demasiado pronto.
Algo no salió como esperábamos y el rótulo aparece de inmediato, evitando una observación más profunda de las dinámicas en juego.

¿Qué hace realmente un sistema?

Un sistema es un conjunto de componentes que, al relacionarse, generan propiedades emergentes que no estaban en las partes por separado.
Esto implica algo fundamental: el comportamiento del sistema no es opcional.

En términos causales, un sistema nunca “falla”.
Siempre produce lo que puede producir según:

  • sus componentes,
  • sus relaciones,
  • sus flujos,
  • y su entorno.

Con los mismos elementos, el mismo estado y las mismas relaciones, el resultado será siempre el mismo.

Fallo sistémico vs fallo normativo

El concepto de fallo aparece cuando introducimos un criterio externo: una función deseada, un objetivo, una norma.
Desde ese marco, el sistema puede considerarse defectuoso.

Pero ese defecto no es sistémico, es normativo.
No describe cómo funciona el sistema, sino cómo esperábamos que funcionara.

El fallo no vive en el sistema, sino en la relación entre el sistema observado y el observador que lo evalúa.

El fallo como señal, no como queja

Lo que solemos llamar “fallo” puede leerse de otra manera:
como una señal de conflicto entre valores, expectativas y estructuras.

El sistema no nos está diciendo que algo va mal en abstracto, sino que:

  • lo que produce ya no encaja con lo que esperamos,
  • o con lo que decimos valorar,
  • o con lo que necesitamos sostener en el tiempo.

Desde esta mirada, el fallo deja de ser un punto final y se convierte en un dato relevante.

No siempre es posible intervenir directamente. Muchos sistemas —sociales, económicos, culturales— son demasiado grandes, lentos o distribuidos como para ser modificados por una sola acción individual.
Pero analizar, nombrar y compartir una lectura clara ya es una forma de intervención.

Cuando el análisis se comunica sin caer en la queja, puede:

  • ofrecer un marco que otros no habían visto,
  • desplazar la conversación del desahogo a la comprensión,
  • abrir posibilidades de cambio allí donde una sola persona no llega.

Compartir una interpretación no garantiza transformación, pero aumenta la probabilidad de alineación: otros pueden empezar a ver el sistema desde ese mismo ángulo y actuar desde lugares distintos, pero coherentes.

En sistemas complejos, el cambio no siempre comienza con la acción directa,
a veces comienza con una forma distinta de mirar que se vuelve compartida.

El análisis también es un sistema

Solemos tratar el análisis como una herramienta externa, objetiva y neutral.
Sin embargo, analizar implica ideas, modelos mentales, información disponible, supuestos, lenguaje y límites de atención.

Todo análisis es, en sí mismo, un sistema que produce interpretaciones.

Cuando decimos que algo “funciona mal”, no es que falle el sistema observado; el resultado que obtenemos es inevitable dadas las estructuras con las que intentamos comprenderlo.

El coste de suspender el juicio

Suspender el juicio de “fallo” no es gratuito.
Exige esfuerzo cognitivo, porque va contra atajos mentales profundamente arraigados, y exige esfuerzo emocional, porque muchas veces el juicio aparece ligado al dolor, la frustración o la urgencia.

Cuando hay sufrimiento, riesgo o presión temporal, observar sin juzgar puede sentirse como un lujo.
Nombrar algo como “fallo” simplifica la escena: reduce la complejidad, da una dirección clara de acción y alivia momentáneamente la incertidumbre. En contextos urgentes, esa simplificación puede ser funcional.

Desde esta perspectiva, el juicio no es un error moral, sino una respuesta adaptativa a situaciones donde no hay tiempo, energía o margen para una observación más amplia.

El problema aparece cuando esa forma de responder se vuelve permanente.
Lo que fue útil para actuar rápido se convierte en un obstáculo para comprender procesos más largos, dinámicas estructurales o efectos acumulativos.

Observar sin juzgar no implica dejar de actuar. Implica reconocer que:

  • actuar rápido y comprender profundamente no siempre pueden ocurrir al mismo tiempo,
  • y que confundir acción inmediata con comprensión duradera suele generar nuevos desacoples.

Aceptar esta tensión —entre urgencia y observación, entre alivio inmediato y claridad a largo plazo— es parte del precio de una mirada sistémica. No elimina el sufrimiento ni la necesidad de intervenir, pero puede evitar que el juicio apresurado se convierta en la única forma posible de relación con los problemas.

Naturaleza, adaptación y supervivencia

En los sistemas naturales —células, cuerpos, ecosistemas— rara vez hablamos de fallos.
Los percibimos como sistemas que “funcionan bien”.

Lo que solemos olvidar es el tiempo.
No observamos sistemas perfectos, sino sistemas que lograron adaptarse. Muchos otros colapsaron y desaparecieron.

Lo que vemos es supervivencia, no optimalidad.
Confundir persistencia con perfección es una forma común de sesgo.

Sistemas artificiales y fallo de diseño

En los sistemas artificiales —ciudades, organizaciones, máquinas, aplicaciones digitales— hablamos con más facilidad de errores de diseño.

Pero incluso aquí, el sistema siempre hará lo que su estructura determina.
El diseño no garantiza resultados: congela decisiones tomadas bajo condiciones concretas de conocimiento, ruido e información incompleta.

Cuando el resultado no coincide con lo esperado, no estamos ante un sistema defectuoso, sino ante los límites del diseño y del análisis que lo originó.

¿Entonces no hay nada que hacer?

Que los sistemas no fallen no implica inmovilidad.
Todo sistema cambia, aprende y evoluciona en el tiempo.

La evolución ocurre cuando se modifican:

  • los componentes,
  • las relaciones,
  • o el entorno.

Los llamados fallos de diseño o de análisis no son anomalías morales, sino momentos del proceso evolutivo.

Intervenir transforma el entorno

Modificar un sistema nunca es una acción aislada.
Toda intervención altera el entorno, y ese entorno, con el tiempo, modifica también al sistema que intervino.

Intervenir exige una forma de responsabilidad sistémica: comprender que no existen soluciones sin efectos de retorno ni cambios sin consecuencias acumulativas.

Reflexiones finales

Tal vez la pregunta más útil no sea si un sistema falla, sino:

¿qué está señalando este sistema con lo que produce, dada la estructura que tiene?

Nombrar algo como “fallo” puede ser necesario cuando hay urgencia, dolor o riesgo. Simplifica la escena y permite actuar rápido. En esos contextos, el juicio no es un error, sino una respuesta adaptativa.

Pero cuando esa respuesta se vuelve automática, deja de ayudarnos a comprender. El “fallo” puede leerse entonces como una señal: un indicio de desajuste entre lo que el sistema produce y lo que esperamos, valoramos o necesitamos sostener en el tiempo.

No siempre es posible intervenir directamente. Muchos sistemas son demasiado grandes, lentos o distribuidos como para ser modificados desde una sola acción. Sin embargo, analizar y compartir una lectura clara no es pasividad. Es una forma de intervención de baja fuerza y largo alcance: desplaza el marco desde el que otros observan, y con ello, las posibilidades de acción.

La mirada sistémica no propone eliminar el juicio, sino reconocer cuándo juzgamos para actuar y cuándo necesitamos observar para comprender. En sistemas complejos, comprender no garantiza el cambio, pero aumenta la probabilidad de alineación entre quienes sí pueden intervenir desde otras escalas.

Comprender, en este sentido, no es retirarse del mundo.
Es participar en él con más claridad, sabiendo que toda forma de mirar también modifica —aunque sea lentamente— el sistema que observa y a quien observa.