Imagina que nos encontramos con una versión nuestra de hace diez años. No compartimos ni un solo átomo. Tenemos recuerdos distintos, quizá valores opuestos, otra forma de mirar el mundo.
¿Somos realmente la misma cosa?
Esta pregunta no es un juego filosófico. Es una grieta en una de nuestras intuiciones más básicas: la idea de que la realidad está hecha de cosas estables que permanecen idénticas mientras “pasan” los cambios.
¿Y si lo fundamental no fueran las cosas... sino la forma en que se organizan?
Punto de partida: cuestionar la sustancia
Gran parte de la metafísica occidental ha partido de una intuición fuerte: que la realidad está compuesta por entidades estables, por cosas que existen “en sí” y luego se relacionan entre ellas.
Pero esta intuición empieza a fallar cuando observamos con atención:
- los organismos cambian continuamente
- las sociedades no tienen límites claros
- las nubes aparecen y desaparecen
- incluso los átomos resultan ser estructuras dinámicas
Esto abre una pregunta radical:
¿Y si las cosas no fueran lo primero, sino el resultado de relaciones organizadas?
Tesis central: todo lo que es, es sistema
La propuesta es simple de formular, aunque profunda en sus consecuencias:
Todo lo que existe es un sistema.
Aquí, se entiende sistema como:
- una organización coherente
- de relaciones
- entre componentes
- que da lugar a una unidad reconocible
En este marco no hay:
- sustancias simples
- entidades aisladas
- “cosas” que existan antes de relacionarse
No hay cosas que luego formen sistemas; hay sistemas que se estabilizan como cosas.
Ejemplo clave: la nube
Una nube es un buen ejemplo porque no encaja bien en una ontología de cosas.
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Mientras ciertas relaciones físicas y estadísticas se mantienen, hay nube
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Cuando esas relaciones se disuelven, la nube deja de existir
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No “se transforma en lo mismo”, sino que da lugar a otros sistemas:
- gotas de agua
- vapor
- moléculas
- átomos
Cada nivel es también un sistema, pero con:
- otra organización
- otro grado de estabilidad
- otros criterios de identidad
No hay reducción (“solo existen las moléculas”), pero tampoco magia emergente: hay reconfiguración sistémica.
De lo físico a lo humano: la conversación
Una conversación es un sistema puro.
No está en tu cerebro ni en el mío, sino en el espacio relacional entre ambos. Surge cuando se establece un patrón organizado: turnos, atención compartida, sentido mínimo común.
Mientras ese patrón se sostiene, la conversación existe. Cuando se disuelve —por distracción, acuerdo o conflicto— el sistema deja de ser.
¿Fue una cosa? No. ¿Fue real? Absolutamente.
Lo que persiste son sus efectos en otros sistemas: memorias, decisiones, vínculos.
Identidad sin sustancia
Aquí aparece una objeción clásica:
“Si un sistema cambia, ¿sigue siendo el mismo?”
La ontología sistémica responde de otro modo:
- la identidad no es absoluta
- es relativa a una organización
- y dura mientras esa organización se mantenga
Cuando se pierde, el sistema deja de existir. No hay tragedia ontológica en ello.
La identidad no se conserva: se organiza.
¿Hace falta durar para existir?
Solemos pensar que para existir algo debe durar “lo suficiente”. Pero aquí se propone otra cosa:
No es la duración lo que funda el ser, sino la coherencia organizacional.
Un sistema puede durar:
- millones de años
- segundos
- o una fracción infinitesimal
Si hay organización coherente, hay sistema. La duración es un dato empírico, no un criterio ontológico.
El tiempo: la dimensión del cambio, no su contenedor
Sin tiempo no hay relaciones, solo estados aislados.
- las relaciones implican cambio
- el cambio implica temporalidad
- luego, el tiempo existe
Pero no como:
- una cosa
- un contenedor
- o una sustancia independiente
Sino como:
la condición estructural para que haya cambio y relaciones.
Pensar el tiempo como un “río” es útil, pero impreciso. Aquí es más adecuado pensarlo como la corriente misma: no existe sin sistemas que cambian.
Sin cambio no hay tiempo observable, y sin tiempo no hay relaciones.
Observar es comparar transformaciones
Observar no implica necesariamente conciencia humana.
En sentido amplio, observar es:
- establecer una correlación
- entre estados distintos
Para detectar el paso del tiempo hace falta:
- cambio
- memoria mínima
- comparación
Un termómetro observa. Un ecosistema observa. Un sistema puede observar su propia organización.
El “paso del tiempo” no fluye: se detecta.
Átomos, partículas y niveles más profundos
Este enfoque no se detiene en lo visible:
- los átomos son sistemas
- los núcleos son sistemas
- las partículas parecen ser excitaciones organizadas de campos
No necesitamos conocer el último nivel.
Basta con esto:
Donde hay organización coherente,
aunque sea matemática o probabilística,
hay sistema.
Qué tipo de ontología emerge
De todo lo anterior resulta una ontología:
- no sustancial
- no reduccionista
- no jerárquica
- relacional
- procesual
- compatible con la ciencia contemporánea
Puede resumirse así:
El ser no es permanencia: es organización.
Límites y preguntas abiertas
Este marco no pretende cerrarlo todo. Deja preguntas vivas:
- ¿Toda organización coherente cuenta como sistema, o hay grados?
- ¿Coherente para quién? ¿Para qué sistema observador?
- ¿Puede un sistema observar su propia organización?
- ¿Qué distingue una estructura real de una coincidencia?
- ¿Existen las coincidencias o solo falta de información?
Estas preguntas no debilitan la propuesta: la mantienen abierta, crítica y viva.
Cuando existir es sostener una forma
Pensar que todo lo que es, es sistema no simplifica la realidad.
La vuelve más exigente.
Nos obliga a abandonar:
- la comodidad de las cosas fijas
- la ilusión de identidades eternas
- la idea de un mundo hecho de bloques inmutables
Y nos invita a mirar el mundo como lo que parece ser:
una trama de organizaciones que aparecen,
se sostienen y se transforman.
Mirar una nube de esta manera ya no es ver “algo” que aparece y desaparece, sino presenciar la vida breve de una organización que, al dejar de sostenerse, regala su lugar a otra.